Por Lorraine Gallard
Puedes estar en Barcelona, trabajar con un equipo en Düsseldorf, con el cliente en Nueva York, para producir en Mallorca un proyecto que se verá en Hong Kong.
Y a nadie le parece raro.
De hecho, hoy casi parece más raro que todos estén en el mismo sitio.
Desde la pandemia normalizamos el home office, las reuniones por Zoom, los equipos deslocalizados, los proyectos internacionales y eso de trabajar con alguien durante tres años sin saber exactamente cuánto mide.
Nos acostumbramos a no tener que estar sentados delante del ordenador (o, mejor dicho, delante del jefe) para demostrar que estamos trabajando.
Bueno. Algunos nos hemos acostumbrado.
Para otros, todo esto sigue siendo rarísimo.
Pero supongo que todo depende del parámetro desde el que mires.
Mi familia ya era así mucho antes de que alguien inventara el término remote working. Estamos repartidos por países, idiomas y continentes. Durante años, estar lejos y estar juntos han sido dos cosas perfectamente compatibles. De hecho, por primera vez en muchísimo tiempo, ahora vivimos todos en el mismo continente.
Quizás por eso nunca he entendido demasiado bien esa necesidad de que las cosas, y las personas, estén todas en el lugar que supuestamente les corresponde.
Tampoco he sido nunca muy fan del 9 to 5 para demostrar que estoy trabajando. No creo que me paguen para calentar una silla. Me pagan para pensar y ejecutar. Para escuchar, entender, conectar puntos y después hacer que las cosas sucedan.
Y no siempre hago cada una de esas cosas mejor entre las nueve y las cinco.
Escribir, por ejemplo, necesita otro espacio mental. Una presentación también. Hay cosas que necesitan conversación, otras silencio. Algunas las hago mejor por la mañana, otras de noche. Y algunas, como este texto, las puedo escribir desde un barco en medio del Mediterráneo.
No exageremos con la libertad. Pero hay algo de esta forma de trabajar que me resulta fascinante. En nuestra industria hemos conseguido normalizar una internacionalización casi absoluta. Trabajamos con equipos que hablan varios idiomas, saltamos de un país a otro, buscamos talento donde esté, producimos donde tenga sentido, presentamos a clientes que están a miles de kilómetros y construimos proyectos entre personas que quizás nunca hayan compartido físicamente una misma mesa.
El talento viaja, las ideas también, el dinero viaja. Los archivos viajan por las nubes… Los clientes viajan en business. Las producciones viajan.
Las personas… Bueno. Las personas ya son otra historia.
Y ahí es donde la internacionalización se vuelve un poco incómoda.
Porque mientras profesionalmente celebramos los equipos multiculturales, el talento internacional y las miradas diversas, fuera de la oficina seguimos hablando de los que vienen de fuera como si fueran exactamente eso: “los que vienen de fuera”.
Y me pregunto dónde está exactamente ese “fuera”.
Yo nací en Londres. Soy brasileña y estadounidense. He vivido en distintos países y llevo casi treinta años en Barcelona. Trabajo aquí, pago impuestos aquí, tengo mi vida aquí, mi hijo ha crecido aquí.
¿Soy de aquí? ¿Soy de fuera?
Depende del día, del formulario y probablemente de quién pregunte.
Y quizás por eso me toca especialmente cuando escucho palabras como “invasión, los de fuera, los que vienen aquí.”
Porque, técnicamente, vaya, literalmente, una de esas personas soy yo.
Solo que hay extranjeros que llamamos expats, otros talento internacional, otros nómadas digitales, otros ejecutivos desplazados, otros visa gold y otros, simplemente, inmigrantes.
Curiosa esa riqueza lingüística.
Sobre todo, porque muchas veces la diferencia no está tanto en el movimiento, sino en cómo miramos a quien se mueve.
En comunicación hablamos constantemente de diversidad, inclusión, globalización y multiculturalidad. Hacemos castings internacionales buscamos una española que parezca sueca. Buscamos referencias en Japón. Rodamos en Portugal. Contratamos una directora alemana para una marca francesa con agencia de los EEUU y postproducción en Londres.
Fantastic!
Pero después alguien abre un negocio en nuestro barrio, habla castellano con acento, trae otras costumbres, otra comida, otra manera de vestir o simplemente acaba de llegar… y parece que nuestra sofisticación internacional se reduce considerablemente.
Quizás nos encanta lo global mientras no se vuelva demasiado local.
Vaya paradoja. Porque abrazar la internacionalización debería significar bastante más que hablar idiomas, manejar horarios imposibles y saber que cuando alguien de Nueva York dice EOD probablemente te fastidió la noche.
Debería enseñarnos sobre convivencia, flexibilidad, entender que existen otras maneras de hacer las cosas y sobre responsabilidad individual dentro de algo colectivo.
No necesitamos que todo el mundo venga del mismo lugar para construir algo juntos. Necesitamos que cada uno aporte, cumpla, respete al resto y asuma su parte.
Entonces me pregunto:
¿Por qué nos resulta tan fácil aplicarlo a un proyecto y tan difícil aplicarlo a una sociedad? Quizás deberíamos dejar de pensar únicamente en la internacionalización como algo global.
Quizás necesitamos una internacionalización local.
Porque las fronteras existen. Claro que sí.
Las hemos dibujado, legislado, protegido y convertido en documentos, permisos, visados y pasaportes.
Pero nuestra manera de trabajar demuestra todos los días que también somos perfectamente capaces de atravesarlas.
Quizás ahora toca hacer algo un poco más difícil.
Atravesarlas mentalmente.
Porque si hemos aprendido a trabajar sin fronteras, estaría bien empezar a aprender a mirar a las personas de la misma manera.

Lorraine Gallard (