El valor en los tiempos del cólera (… o el amor en los tiempos de crisis)

por Ricardo Sánchez Butragueño, director general de Butragueño & Boottlander & Co

Hay a quien le puede parecer una prueba de valor, una auténtica locura, una proeza o incluso una verdadera heroicidad… pero aún queda gente con ganas e ilusión suficientes como para montar una nueva agencia de publicidad, en medio de la que ya está cayendo.

Sin embargo, existe algo, un impulso íntimo y personal, que probablemente sea el desencadenante de tomar una decisión que, a la vista de una sensata mayoría, suene extravagante cuando menos. Algo muy parecido al impulso irrefrenable que el irrepetible Florentino Ariza sentía en la maravillosa novela sugerida en el título de este artículo.
Porque, en todos los escenarios y situaciones, haya crisis o expansión, crear una agencia de publicidad supone una demostración de amor hacia una profesión que, como Fermina Daza, es capaz de enamorarte desde el primer momento que te acercas a ella.
Así que, contando con ese primer granito, que es el amor al mundo de la publicidad, el resto casi parece fácil. Porque, muchas otras veces, es ésta una profesión con un carácter difícil, a veces terca, que por momentos te llega a tratar con la misma indiferencia que Fermina a Florentino. Y, como éste, siempre la sigues amando y esperando toda una vida.
Pero, romanticismos aparte, seamos claros: la vida inicial del publicista emprendedor es dura y no exenta de pruebas, algunas más hercúleas que otras.
En un principio, como de alguna forma bien deja entrever Martín Warsavsky en uno de los últimos apuntes de su siempre interesante blog (1) porque España no está hecha para emprendedores o empresarios que quieran arriesgarse y lanzarse a la aventura de crear su nueva idea de negocio. Podría decir que la mitad de los dolores de cabeza que se me han generado en este proceso han venido dados por una delicada y sutil mezcla de burocracia, administración, trámites, legalismos y otras suertes de pequeñas pero inexcusables “metas volantes” que hacen más agotadora la ya de por sí empinada cuesta de la independencia profesional.
En cualquier caso, salvados estos pequeños y –con el tiempo- irrelevantes escollos, hay una única clave para empezar y salir adelante. Una única palabra mágica, que convierte todo en ilusión y ganas de comerte el mundo. Una única palabra, además, que sólo se puede entender desde tres ángulos que le dan el sentido completo a tu nueva aventura: CONFIANZA.
Lo primero: confianza en ti mismo. Tú tienes que ser el primer convencido de lo que estás a punto de hacer. De tu capacidad, de tus posibilidades, de todo lo que ya has hecho en este pequeño gran mundo de la publicidad… y de todo lo que te queda por hacer.
Lo segundo: la confianza en tu equipo. No es éste de la publicidad un mundo de solitarios aventureros. Nunca más y mejor que en este momento, uno se da cuenta de la importancia y de la tremenda suerte de verse rodeado por un equipo, que, en lo profesional por supuesto, pero sobre todo en lo personal, sirvan para afrontar juntos un reto como el de crear una agencia. Una agencia que es, y siempre será, un proyecto de ilusiones compartidas, de apoyos mutuos, de complicidades… de un equipo, en definitiva.
Y, lo tercero: la confianza de tus clientes. Una confianza que, a buen seguro, te has labrado a base de trabajo, de ideas, de ingenio, de respeto, de honestidad, de creatividad y de estrategia… y que, en el momento de la verdad, es absolutamente definitiva. Y que hay que seguir regando, día a día, como tu planta más preciada.
Así que, como decía la canción, “el que tenga estas tres cosas, que le dé gracias a Dios”. Porque, podrá haber crisis o deflación. O estallar burbujas inmobiliarias o financieras. Pero teniendo esa confianza, retroalimentada en sus tres vertientes, el camino de tu nueva agencia hacia el éxito será más o menos largo, pero al final, será seguro.
Tanto, como lo estaba Florentino Ariza de acabar sus días con su amada Fermina Daza.