¿Cómo nos ha cambiado la pandemia?

José de Sola, psicólogo psicoterapeuta clínico en De Salud Psicólogos

Todo ha cambiado en este último año. Nos hemos visto inmersos en una experiencia jamás imaginada que indudablemente ha tenido un profundo impacto en todos nosotros. Para bien o para mal, ya no seremos nunca los de antes; la naturaleza nos ha recordado que no hay nada estable, que no hay nada seguro, que todo puede cambiar en un segundo.

En efecto, la pandemia y el confinamiento han afectado nuestra más profunda sensación de seguridad personal, de estabilidad. Se ha incrementado el miedo y la inseguridad en forma de ansiedad y tristeza, al tiempo que hemos visto como ilusiones y planes vitales quedaban relegados y olvidados. Multitud de oportunidades y momentos perdidos, trozos de vida que no volverán, que son irrepetibles. Todo ello ha despertado el odio, la hostilidad, la rebeldía. En muchos sentidos nunca habíamos estado tan divididos, tan crispados.

Y, sin embargo, también nos hemos encontrado con oportunidades inesperadas, nuevas posibilidades y estilos de vida en el trabajo, en las comunicaciones interpersonales, más frecuentes ahora a través de medios tecnológicos, un mayor aprecio por la salud personal así como del cuidado y mejora de las relaciones personales. Hemos constatado igualmente nuestra capacidad y fortaleza, de nuestros límites, de hasta dónde podemos aguantar.

¿Estamos más tristes, enfadados y cansados?

No parece que esta pandemia haya traído más felicidad, aunque como en toda crisis pueden haber surgido oportunidades de cambio personal, familiar, social o laboral. Hemos intentado adaptarnos, sacar lo bueno aunque no siempre ha sido posible.

En este sentido, a nadie se le escapa las implicaciones físicas y psicológicas que el confinamiento y las limitaciones a la movilidad están teniendo en la población. Como psicólogos hemos observado un aumento de la sensación general de fragilidad, de inseguridad personal, de miedo. Y es que, en efecto, la pandemia nos ha recordado que se puede perder en un momento la salud, el trabajo, las relaciones personales. En suma, los pilares básicos de nuestra estabilidad personal.

Todavía no disponemos de estadísticas, pero existe el común acuerdo entre psicólogos y profesionales de la salud en que el confinamiento ha dado lugar a un incremento de problemas emocionales, especialmente de ansiedad, de sueño o de determinadas fobias como el llamado ‘Síndrome de la cabaña’ en donde muchas personalidades agorafóbicas, es decir, con un habitual miedo a salir a la calle, han justificado sus temores recluyéndose en casa más allá de lo necesario.

Igualmente, las limitaciones del contacto social han pasado factura, con un incremento de apatía, tristeza y desmotivación, sensación de rutina (‘es como el día de la marmota, todos los días son iguales’). Pero lo más llamativo es un estado de leve tristeza permanente, a la que el psiquiatra J.D. Nasio ha llamado ‘Depresión Covid-19’, caracterizada por anhedonia o disminución en la capacidad de sentir placer, irritabilidad frecuente, fatiga, así como un ánimo permanentemente bajo, con un curso suave y apenas perceptible. A este estado también se le ha llamado recientemente ‘fatiga pandémica’, resultado del intento de adaptación a una situación cambiante que produce de ansiedad, enfado, cansancio, desánimo o miedo. Es decir, no llegamos a una depresión pero estamos más tristes, irritables y apáticos.

¿Nos hemos hecho más adictos?

Según un estudio realizado por el Observatorio Español de las Drogas y Adicciones (2020) en términos generales el consumo de sustancias psicoactivas, alcohol o tabaco, no aumentó, incluso en algunos casos se redujo o cesó durante los meses de marzo a junio de 2020, cuando estuvimos confinados. Todo ello se explica por las limitaciones de espacios y oportunidades para consumir, mayores dificultades para abastecerse, una subida de precios del cannabis, un contexto familiar con mayor control sobre los jóvenes, así como un incremento de la preocupación por la salud.

Sin embargo, en donde existe un común acuerdo entre psicólogos y personal sanitario es en el incremento del abuso de determinados comportamientos o adicciones comportamentales. Siguiendo las mismas fuentes anteriores, el Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones (2020) refleja un aumento del consumo tecnológico, con prácticas de riesgo online, abuso de navegación por Internet, de video-juegos del whatsApp y redes sociales con casos de adicción y uso compulsivo, especialmente entre adolescentes.

Todo ello muy consistente con los datos aportados por el departamento de Salud del gobierno vasco (2020) y por Proyecto Hombre, en donde, además de lo anterior, se indica un incremento del tiempo frente a las pantallas entre menores de edad, así como un aumento del consumo de pornografía entre la población joven.

Por lo tanto, haber estado encerrados dependiendo de las modernas tecnologías de comunicación, no solo para comunicarnos sino para distraernos, ha llevado a un inevitable abuso al tiempo que ha despertado una nueva escalada de adicciones tecnológicas.

¿Cómo seremos a partir de ahora?

En términos generales las estadísticas indican que durante el confinamiento se ha incrementado la preocupación por el autocuidado y la salud. Igualmente, el abuso y adicción con sustancias, dado el valor del contexto y entorno restrictivo, no han tenido grandes oportunidades de crecer. Es decir, no solamente hemos tomado consciencia de la importancia de la salud y del cuidado personal, sino que apenas ha habido incremento en el consumo y abuso de drogas.

Es evidente que el confinamiento ha cambiado muchos de nuestros hábitos, ha abierto la puerta de potenciales abusos tecnológicos. Hábitos que antes podían estar controlados, pueden haberse incrementado y convertidos en adicciones comportamentales, especialmente en el entorno de las tecnologías y entre las personalidades más vulnerables.

Por ello, todavía está por ver que pasará a partir de ahora. Muchos saldrán reforzados psicológicamente mientras que algunos quedarán estancados en problemas o dificultades psicológicas derivados del aislamiento prolongado. Igualmente hay que estar pendiente de cuáles han sido las consecuencias reales en el desarrollo futuro de adicciones comportamentales en la medida en que los controles educativos se relajaron durante el confinamiento. Por ello, con estos nuevos hábitos y costumbres adquiridas ¿cómo volver atrás?.

Porque si algo está claro es que ya no seremos los mismos de antes, hemos cambiado, nos hemos visto frente a nuestras debilidades, nos hemos fortalecido, hemos mejorado, y también es posible que en otros aspectos hayamos sucumbido en problemas y dificultades personales, laborales, psicológicas, sociales o familiares. La rabia y la insumisión son expresión del cansancio y de la desesperación, de la necesidad de retomar nuestras vidas, de no perder más tiempo, más oportunidades. Pero también reflejan de unas intensas ganas de seguir viviendo, de luchar y mejorar. Porque en efecto, aunque no lo pretendíamos, habremos cambiado.


José de Sola Gutiérrez. Psicólogo colegiado en el colegio de Psicólogos de Madrid.  Licenciado en Psicología por la Universidad Pontificia de Comillas (1985). Formado como psicoterapeuta clínico (desde 1985).  Master en Psicofarmacología y Drogas de Abuso (2012). Miembro de diversas asociaciones y sociedades científicas en psicología y psicoterapia. Doctor en Psicología (Universidad Complutense de Madrid, 2017).
Ha trabajado desde 1988 en diversas empresas nacionales y multinacionales como técnico, responsable técnico y director de departamento, en investigación de mercados cualitativa y cuantitativa y análisis del comportamiento del consumidor. Desde 2007 como psicólogo psicoterapeuta clínico en diversos centros de psicología y psicoterapia. En 2012 inicia su propio proyecto psicoterapéutico en De Salud Psicólogos.
Trabajó como profesor del Master de ‘Neuromarketing y Comportamiento del Consumidor’ (2014-2016) así como en el IE University (School of Psychology. Segovia) impartiendo Psicología y Comportamiento del Consumidor (20082011). Desde 1995 ha colaborado e impartido clases de psicología del consumidor e investigación de mercados en diversos centros y escuelas de negocios.
Desde 2012 investiga y publica en el ámbito de las adicciones a las nuevas tecnologías, especialmente al teléfono móvil.
De 2005 a 2009 fue miembro de la junta directiva de AEDEMO (Asociación Española de Estudios de Mercado y Opinión) desde donde organizó diversos eventos monográficos (seminarios, jornadas, conferencias, etc).