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Las empresas españolas aprueban por la mínima en credibilidad

Alimentación y comercio electrónico lideran la confianza, mientras que financiero, energético e inmobiliario se sitúan a la cola

La credibilidad de las empresas en España se sitúa en 52,2 puntos sobre 100, un aprobado ajustado que refleja una confianza limitada del público en el tejido empresarial. Es la principal conclusión del I Índice Lasker de Credibilidad Sectorial, elaborado junto a GfK a partir de 1.200 encuestas, que analiza cómo perciben los ciudadanos a los principales sectores económicos y qué factores sostienen esa confianza.

El estudio muestra que los sectores vinculados al consumo cotidiano, donde la experiencia del cliente es directa y visible, concentran los mayores niveles de credibilidad. Alimentación y comercio electrónico encabezan el ranking gracias a una relación más inmediata con el usuario. En el extremo contrario se sitúan sectores percibidos como complejos u opacos -financiero, energético e inmobiliario-, lastrados en parte por crisis reputacionales recientes y por una percepción de menor claridad en sus servicios.

Según el índice, la credibilidad se construye más sobre la experiencia real que sobre el discurso corporativo. La información clara, el cumplimiento de promesas y la capacidad de respuesta ante incidencias pesan más que los valores declarados. En sectores que han vivido episodios de desconfianza -como las preferentes en banca o el acceso a la vivienda- la penalización ciudadana sigue siendo visible.

La edad como factor de desconfianza

El análisis por tramos de edad revela que la confianza no cae de forma progresiva, sino que se concentra en momentos vitales concretos. El grupo de 35 a 44 años registra el nivel más bajo de credibilidad (47,6 puntos), una franja en la que la relación con empresas y servicios es más intensa y donde se penalizan especialmente la falta de claridad o los incumplimientos.

El segundo grupo más crítico es el de mayores de 64 años (49,5 puntos), también por debajo de la media nacional. En este caso, el índice vincula la desconfianza a una sensación de desconexión ante la digitalización de servicios, la automatización de la atención y la complejidad contractual.

En contraste, los jóvenes de 18 a 24 años (60,2 puntos) y de 25 a 34 años (57,1) otorgan las valoraciones más altas, en parte por una relación más puntual con conflictos empresariales y menor desgaste acumulado.

Brecha territorial de más de 20 puntos

El índice detecta diferencias significativas entre comunidades autónomas, con una brecha superior a 21 puntos entre los territorios mejor y peor valorados. Navarra (66,7) y La Rioja (64,8) lideran el ranking y se sitúan muy por encima de la media nacional.

En el extremo inferior aparecen País Vasco (45,5), Castilla y León (47,2), Asturias (47,2) y Castilla-La Mancha (48,6), entre otras.

El mapa no responde a una lógica económica clásica. Comunidades con fuerte peso industrial no necesariamente obtienen mejores resultados, lo que sugiere que la credibilidad está más vinculada a la percepción de cercanía y relación cotidiana con las empresas que al tamaño de la economía regional.

Transparencia y honestidad, los pilares clave

El índice identifica cinco valores que sostienen la credibilidad empresarial: transparencia, honestidad, empatía, sostenibilidad y compromiso ético y social. Los dos primeros se sitúan como los pilares centrales, con 53,7 y 53,5 puntos respectivamente, y están asociados a la claridad informativa, la facilidad de contacto y el cumplimiento de compromisos.

La empatía (53 puntos) aparece como un factor relevante para reforzar la relación con los públicos, mientras que la sostenibilidad (52,1) solo suma credibilidad cuando se traduce en acciones verificables. El compromiso ético y social es el atributo que genera mayor escepticismo cuando se percibe como estrategia de imagen más que como convicción estructural.

El Índice Lasker se plantea como una herramienta de seguimiento continuo para evaluar la evolución de la reputación empresarial. El estudio concluye que la credibilidad se ha convertido en un activo estratégico para atraer talento, fidelizar clientes y sostener relaciones de confianza a largo plazo, y que su consolidación depende de integrar estos valores en el modelo de negocio y no solo en la narrativa corporativa.