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Cuando el bufón deja de reírse del rey

Por José Arribas

La ironía nació para cuestionar la autoridad. Su verdadera amenaza aparece cuando deja de hacer preguntas y empieza a ofrecer respuestas.

No soy un espectador habitual de El Perro Andaluz. Precisamente por eso decidí verlo antes de formarme una opinión. Siempre he pensado que la crítica solo tiene valor cuando nace de la observación y no del prejuicio. Una opinión construida antes de mirar la realidad suele convertirse en una forma de confirmación: no buscamos comprender aquello que tenemos delante, sino encontrar argumentos que sostengan lo que ya pensábamos.

Sin embargo, después de observar el fenómeno, mi interés dejó de estar centrado en ese programa. La cuestión que apareció era mucho más amplia y, en cierto modo, más antigua que cualquier formato televisivo: ¿Qué ocurre cuando el humor deja de ser una herramienta para cuestionar el poder y empieza a hablar desde una posición de poder?

No me preocupa que un humorista tenga ideas políticas. Me preocuparía lo contrario. Los grandes humoristas de la historia nunca fueron neutrales, porque ninguna mirada humana lo es. Todo creador observa el mundo desde un lugar determinado, desde unas experiencias, unos valores y una sensibilidad concreta. La cuestión nunca ha sido si existe una posición desde la que mirar la realidad, sino qué hacemos con esa posición.

Aristófanes utilizó la comedia para interrogar los excesos de la democracia ateniense. Quevedo convirtió la sátira en una radiografía feroz de las debilidades humanas y sociales de su tiempo. Charles Chaplin utilizó el lenguaje universal del humor para enfrentarse a la deshumanización del totalitarismo. Miguel Gila encontró en el absurdo una forma extraordinariamente lúcida de mostrar la irracionalidad de la guerra y la contradicción de la condición humana. Ninguno de ellos fue neutral, pero todos compartían algo esencial: su lealtad no estaba con un poder determinado, sino con la libertad de cuestionar.

Porque el humor nació para pinchar al poderoso, no para tranquilizarlo.

Desde una perspectiva antropológica, todas las sociedades han necesitado narradores. Antes incluso de que existieran los medios de comunicación, las comunidades humanas construyeron figuras encargadas de transmitir, interpretar y preservar sus relatos. El chamán transmitía los mitos fundacionales y conectaba a la comunidad con aquello que consideraba trascendente. El sacerdote custodiaba el relato moral que daba sentido a las normas compartidas. El filósofo hacía preguntas allí donde otros ofrecían certezas. El historiador preservaba la memoria colectiva para evitar que una sociedad olvidara de dónde venía.

Pero el bufón ocupaba un lugar diferente, único. Podía burlarse del rey. Podía señalar la contradicción del poderoso. Podía decir aquello que otros no podían decir. Su misión nunca fue decirle al pueblo qué pensar. Su función era recordar a todos, también al pueblo, que ninguna autoridad humana debía quedar fuera del territorio de la ironía.

Esa función del humor no era una anomalía cultural. Era una necesidad social.

El antropólogo René Girard sostenía que las sociedades necesitan relatos compartidos para mantenerse unidas, pero también voces capaces de cuestionarlos. Toda comunidad necesita símbolos comunes, valores compartidos y narraciones que permitan a sus miembros reconocerse como parte de algo. Pero necesita igualmente mecanismos que impidan que esos relatos se conviertan en dogmas incapaces de ser revisados. Una sociedad no solo necesita aquello que la une. También necesita aquello que la incomoda.

Durante siglos, esa fue precisamente una de las funciones del humor. La risa introducía una distancia saludable entre el ser humano y sus propias certezas. Permitía observar desde fuera aquello que parecía incuestionable. Recordaba que todas las instituciones, todas las ideologías y todas las construcciones humanas tienen una dimensión imperfecta.

El humor no destruía necesariamente la autoridad. La humanizaba.

Por eso el verdadero humor siempre ha tenido algo de incómodo. Porque obliga a convivir con una idea difícil: que podemos defender nuestras convicciones sin convertirlas en verdades absolutas. La ironía es, en esencia, una forma de humildad intelectual. Nos recuerda que quizá tengamos razón, pero que nunca deberíamos sentirnos tan seguros de ella como para dejar de escuchar.

Ahí reside una de las grandes paradojas del humor: cuanto más inteligente es, menos necesita imponer una conclusión. Un buen humorista no entrega respuestas cerradas, abre espacios de pensamiento.

El filósofo y teórico literario Mijaíl Bajtín comprendió como pocos pensadores la dimensión social del carnaval. Para él, no era simplemente una fiesta popular, sino un fenómeno cultural donde durante un tiempo limitado las jerarquías podían invertirse y la sociedad tenía la oportunidad de contemplarse desde otra perspectiva. En el carnaval, el poderoso podía ser ridiculizado, la autoridad podía ser caricaturizada y lo solemne podía convertirse en grotesco.

Aquella inversión temporal no pretendía destruir el orden social, sino recordar que toda construcción humana, incluso las más respetables, está formada por personas imperfectas y debe conservar la capacidad de ser observada con distancia. La risa funcionaba como un mecanismo de equilibrio: no buscaba acabar con la sociedad, sino evitar que la sociedad olvidara su propia condición humana.

Quizá por eso las sociedades autoritarias han tenido siempre una relación incómoda con el humor. Una dictadura puede tolerar una crítica concreta, pero suele temer especialmente la risa porque reduce la solemnidad del poder. Un poder al que se puede ridiculizar pierde parte de su capacidad de intimidar.

La ironía es una forma de libertad porque introduce una distancia entre nosotros y aquello que pretende imponerse como incuestionable.

Pocas tradiciones representan mejor esa herencia que el Carnaval de Cádiz. Durante generaciones, sus chirigotas, comparsas y agrupaciones han convertido la sátira en una forma de conciencia colectiva. Su valor no reside únicamente en la música o el ingenio de sus letras, sino en algo mucho más profundo: su capacidad para convertir a una comunidad entera en espectadora y protagonista de sus propias contradicciones.

El Carnaval de Cádiz ha cuestionado gobiernos, instituciones y élites, pero también ha sabido mirarse a sí mismo. Las mejores coplas no solo señalan las contradicciones del poder; también señalan las contradicciones de la propia sociedad, sus costumbres, sus prejuicios y sus pequeñas incoherencias.

Ahí reside la diferencia entre la sátira y el simple ataque. La sátira busca comprender. El ataque busca vencer. La primera necesita inteligencia. El segundo solo necesita una posición desde la que juzgar.

Esta distinción resulta especialmente relevante en un momento en el que la comunicación ha adquirido un peso cultural extraordinario. Nunca antes habíamos vivido rodeados de tantos mensajes, tantos relatos y tantas interpretaciones posibles de la realidad. Durante buena parte del siglo XX, el gran problema era el acceso a la información. Hoy el problema es diferente: la información es abundante, pero la interpretación se ha convertido en el verdadero territorio de disputa. Ya no solo competimos por captar la atención. Competimos por construir significado.

Los medios de comunicación, las plataformas digitales, los creadores de contenido, las marcas, los algoritmos y ahora también la inteligencia artificial participan de una misma batalla silenciosa: la definición de los marcos desde los que entendemos el mundo. Porque quien consigue influir en la manera en que interpretamos la realidad tiene una influencia mucho mayor que quien simplemente consigue transmitir un mensaje. La comunicación nunca ha consistido únicamente en decir cosas. Consiste en dotarlas de sentido. Y ahí aparece una responsabilidad enorme, porque todo relato tiene la capacidad de iluminar una parte de la realidad, pero también de ocultar otra. Toda narración selecciona, ordena y propone una mirada. La cuestión no es si los relatos contienen una perspectiva, la contienen inevitablemente, sino si esa perspectiva acepta ser cuestionada.

Una sociedad abierta no es aquella donde no existen relatos dominantes. Eso es imposible. Es aquella donde ningún relato está completamente protegido de la crítica.

Como profesional de la comunicación, observo esta transformación cultural con fascinación y preocupación. Fascinación porque nunca antes habíamos tenido tantas herramientas para crear, compartir y amplificar relatos. Preocupación porque, en un mundo saturado de mensajes, la batalla más importante ya no consiste únicamente en ser escuchado.

Consiste en ser creído.

La confianza se ha convertido en el recurso más valioso de nuestro tiempo.

En publicidad conocemos bien ese territorio. Las marcas no venden únicamente productos; construyen significados. Un automóvil puede representar libertad, una prenda identidad, una compañía seguridad. La publicidad, en su dimensión más profunda, trabaja con interpretaciones. Construye relatos alrededor de aquello que las personas consideran importante y trata de conectar una propuesta concreta con una emoción, un valor o una aspiración humana.

Precisamente por eso existe una frontera ética que nunca debería cruzarse. La comunicación puede aspirar a persuadir, pero nunca debería aspirar a sustituir la conciencia de quien recibe el mensaje. Una buena campaña no trata al consumidor como un receptor pasivo. Confía en su inteligencia. Le propone un significado, pero no le arrebata la posibilidad de construir el suyo propio.

Ese principio debería ser válido para cualquier forma de comunicación pública: para la publicidad, para el periodismo, para el entretenimiento y, por supuesto, también para el humor.

Porque existe un contrato invisible entre quien comunica y quien escucha. Una marca pide atención y promete algo a cambio. Un periodista pide confianza y promete rigor. Un humorista pide complicidad y promete una mirada distinta sobre la realidad. En todos los casos existe un elemento esencial que debe permanecer intacto: la libertad de interpretación del receptor.

Cuando esa libertad desaparece, el contrato se rompe. La comunicación deja de ser un diálogo y comienza a convertirse en una dirección unilateral.

Umberto Eco explicó que todo mensaje necesita la colaboración activa de quien lo recibe. Ningún significado existe únicamente en la intención de quien emite; también se construye en la mirada de quien interpreta. Esta idea resulta especialmente relevante hoy. Vivimos rodeados de mensajes que compiten por nuestra atención, pero también por nuestra adhesión. Los algoritmos tienden a mostrarnos aquello que confirma nuestras preferencias y muchas conversaciones públicas parecen diseñadas más para reforzar identidades que para favorecer la comprensión.

En ese contexto, la ironía adquiere un valor extraordinario porque la ironía introduce una distancia entre nosotros y nuestras propias certezas. Nos permite observar nuestras ideas desde fuera y recordar que podemos defender una convicción sin convertirla en una frontera.

George Orwell advertía del peligro de un lenguaje que deja de servir para pensar y empieza a servir para dirigir el pensamiento. Una sociedad puede perder libertad no solo cuando se prohíben las palabras, sino también cuando las palabras dejan de abrir posibilidades.

Quizá por eso el humor sigue siendo una de las expresiones más valiosas de una sociedad libre. No porque tenga siempre razón, sino porque acepta que nadie la tiene completamente. El humor verdaderamente inteligente contiene una dosis inevitable de humildad: recuerda que nuestras certezas, por necesarias que sean, siguen siendo humanas y, por tanto, deben poder ser observadas con cierta distancia.

El problema nunca han sido las ideas. Las ideas son imprescindibles. Son el motor de la conversación pública, de la creación artística y del progreso social. El problema aparece cuando una idea deja de presentarse como una propuesta y comienza a presentarse como una conclusión definitiva; cuando el humor deja de abrir conversaciones para empezar a cerrarlas; cuando la ironía se transforma en consigna; cuando la risa deja de ser un espacio de encuentro y se convierte en una frontera entre quienes están dentro y quienes están fuera.

Los griegos utilizaban el concepto de parresía para referirse al valor de hablar con franqueza incluso frente al poder. Durante siglos, el humor ha sido una de las formas más refinadas de ejercer esa libertad. No porque poseyera la verdad absoluta. Sino porque desconfiaba de cualquiera que afirmara poseerla por completo.

Esa es, probablemente, la grandeza de la ironía. No destruye la verdad. La protege de quienes quieren monopolizarla.

El humor nunca fue una fábrica de respuestas. Fue una escuela de libertad.

Y quizá esa sea también la misión más noble de cualquier forma de comunicación: no conquistar la conciencia de las personas, sino merecer su confianza. Porque una sociedad verdaderamente libre no es aquella en la que todos piensan igual, sino aquella en la que nadie teme hacerse preguntas.

Mientras exista alguien dispuesto a formularlas, incluso con una sonrisa, seguirá existiendo una de las expresiones más profundas de la inteligencia humana: la libertad de pensar.

 


José Arribas (Linkedin) es socio director ejecutivo y máximo responsable creativo de Parnaso, agencia de publicidad de servicios plenos de carácter independiente afincada en España. Publicitario de largo recorrido en la industria española, la mayor parte de su carrera ha transcurrido en la vertiente de las agencias de publicidad y en el de la asesoría en marketing y comunicación a grandes, medianas y pequeñas empresas. Licenciado en Historia y master en publicidad por ICAI – ICADE, tras formar parte del área creativa en varias agencias multinacionales, Arribas da el paso a la vertiente indie. Primero como director creativo ejecutivo de Mak Publicidad, donde llegó a ser el máximo responsable creativo de la agencia y posteriormente como socio y director creativo ejecutivo de La Caseta. En 2007 fundó e impulsó su propia agencia en la ciudad de Sevilla, Parnaso, desde la que opera a nivel nacional e internacional dando un servicio integral a marcas como Puerto de Indias, Ubago, Fresón de Palos, GSC Aero, FER, Inés Rosales, Energía Plus, Alter Software o HGBS, entre otras.