Actualidad

SERIE DISTOPIA #07: La sed del algoritmo

por Chema Cuesta

Durante años nos vendieron la inteligencia artificial como si fuera algo naïf. Ligera. Limpia. Invisible. Divertida. Una tecnología sin cuerpo, sin fricciones, sin apenas coste aparente. Bastaba una pregunta, un prompt, una instrucción lanzada al aire, y la máquina respondía al instante. Un texto. Una imagen. Una estrategia. Un vídeo. Una idea. Todo rápido, todo fácil, todo listo para usar. Parecía magia. Pero esa magia tendría un precio muy alto.

En 2042, cuando la población mundial ya había superado los 10.000 millones de personas y el acceso al agua dulce se había convertido en una fuente permanente de tensión geopolítica, aquella ilusión se rompió. No por un apagón. No por una rebelión de máquinas. Ni siquiera por una filtración al estilo de los viejos escándalos de Silicon Valley. Se rompió por una comparación.

La cantidad de agua dulce necesaria para refrigerar los centros de datos que sostenían la economía mundial de la IA equivalía ya al consumo básico de miles de millones de personas. De pronto, lo que hasta entonces había sido una conversación sobre innovación, mayor productividad y futuro se convirtió en algo mucho más ancestral del humano: la pelea por los recursos. Porque los servidores no solo consumían electricidad. También consumían agua dulce. Y bebían mucho. Cada vez más.

Cada nueva capa de automatización, cada asistente integrado en la vida cotidiana, cada sistema generativo funcionando sin descanso para escribir correos, resumir reuniones, montar vídeos, crear campañas, responder dudas, planificar viajes o redactar mensajes delicados dejaba una huella física. Una huella hídrica. Agua destinada a enfriar la maquinaria de una economía que había terminado convirtiendo el pensamiento en un servicio bajo demanda.

Mientras tanto, millones de personas aprendían a ducharse en 3 minutos, a reutilizar agua en casa y a convivir con restricciones horarias. En algunas ciudades, el agua llegaba por franjas. En otras, por barrios. En las más privilegiadas seguía saliendo del grifo con aparente normalidad, pero ya había dejado de ser un gesto neutro. Abrir el agua empezaba a parecer un acto político.

 

“Las campañas más eficaces no mostraban tuberías, ventiladores ni centros de datos. Mostraban personas. Personas incapaces de redactar una felicitación sin pedir ayuda a un asistente IA”.

 

La gran paradoja de la IA nunca fue que pensara como nosotros. Fue que empezó a consumir como una civilización entera. Y entonces pasó algo todavía más inquietante: las mismas sociedades que llevaban décadas delegando cada vez más decisiones en su vida cotidiana en sistemas automáticos comenzaron a plantearse una campaña global para reducir su uso.

No era una abolición. No era un apagado masivo. No era un regreso romántico al bolígrafo y la libreta. Era La Gran Campaña. Y se necesitaba al mayor talento mundial para crear el relato adecuado, el que hiciera cambiar de verdad la realidad que vivíamos.

Así nació la mayor operación de comunicación pública de la historia. Un consorcio internacional formado por gobiernos, organismos multilaterales y plataformas civiles reunió a varias de las mejores agencias creativas del mundo con una misión tan seria como irónica: combatir la hiperdependencia de la IA en la vida diaria.

No se trataba de demonizar la tecnología en bloque. Nadie en su sano juicio iba a renunciar a sus aplicaciones en medicina, ciencia, prevención climática o gestión energética. El objetivo era otro: frenar el uso banal, innecesario, compulsivo. El abuso doméstico, laboral y cultural. Esa costumbre de externalizar cualquier pequeña fricción mental a una máquina porque hacerlo por uno mismo ya parecía una pérdida de tiempo. En otras palabras: atacar el hábito.

Las agencias elegidas entendieron rápido que el enemigo no era el servidor. Era la normalización. Las campañas más eficaces no mostraban tuberías, ventiladores ni centros de datos. Mostraban personas. Personas incapaces de redactar una felicitación sin pedir ayuda a un asistente IA. Padres consultando a ChatGPT cómo explicarle a un hijo la muerte de su abuelo. Estudiantes que ya no investigaban, sino que encargaban respuestas. Creativos que habían dejado de tener primeras ideas y solo sabían tener prompts. Parejas que discutían con frases previamente optimizadas para sonar maduras, razonables y emocionalmente impecables.

No era una distopía de robots. Era peor. Era una distopía de comodidad. La campaña que más impacto generó se tituló “Piensa tú”. Tres palabras. Nada más. Ni épica, ni nostalgia, ni tecnofobia. Solo una bofetada elegante en mitad de una cultura obsesionada con ahorrar esfuerzo. Cada pieza vinculaba un gesto mínimo de delegación cotidiana con un coste invisible: litros de agua, energía consumida, pérdida de criterio, erosión del pensamiento propio.

Funcionó porque tocaba algo incómodo. La IA no solo estaba sustituyendo tareas; estaba sustituyendo el hábito de pensar. Y en esa cómoda realidad vivían precisamente parte del juicio, de la sensibilidad y de la creatividad humana.

Durante unos meses, la conversación cambió. De pronto empezó a parecer obsceno pedirle a una máquina 5 versiones de un texto trivial. Se volvió ridículo generar 100 imágenes para elegir una que apenas se miraría 2 segundos en una pantalla. Incluso en entornos corporativos, donde durante años se había celebrado la automatización como una nueva religión del rendimiento, empezó a surgir una pregunta molesta: ¿de verdad necesitamos esto o solo nos hemos acostumbrado a necesitarlo?

Así, aparecieron hoteles que prometían experiencias sin asistencia algorítmica. Restaurantes donde no se permitía el uso de IA generativa. Marcas que presumían de redactar “a mano”. Colegios que empezaron a vender pensamiento lento como si fuera una actividad premium. Agencias que, después de integrar la IA hasta en la máquina del café, publicaban manifiestos sobre el valor insustituible de la intuición humana.

El péndulo había cambiado de lado. Lo humano ya no era la norma. Era el nuevo diferencial. Y ahí estaba la trampa. Porque muchas de aquellas campañas contra la dependencia de la IA se estaban construyendo con una enorme cantidad de IA detrás. Segmentación predictiva, creatividad dinámica, optimización automática, testing en tiempo real, análisis de comportamiento, sistemas de adaptación contextual. La industria estaba usando el algoritmo para vender una versión romantizada de su reducción. Algo así como si un casino lanzara la mejor campaña del año contra la ludopatía.

Pero quizá eso era lo más distópico de toda esta historia: no la escasez, ni los centros de datos, ni siquiera la contradicción. Lo verdaderamente perturbador era comprobar que incluso la resistencia podía convertirse en un producto. Porque al final la batalla nunca fue solo tecnológica. Tampoco únicamente lo medioambiental. Fue, sobre todo, cultural.

 

“Tal vez esa sea la gran ironía de nuestro tiempo. En la era de las máquinas que prometían hacerlo todo por nosotros, lo verdaderamente exclusivo terminó siendo seguir haciendo ciertas cosas por nosotros mismos. Pensar. Escribir. Dudar. Crear. Elegir”.

 

La gran promesa de la tecnología siempre fue liberarnos tiempo. La pregunta que dejó esta crisis fue bastante más amarga: ¿qué hicimos exactamente con ese tiempo? Porque si el resultado era una humanidad cada vez más dependiente, menos paciente, más asistida y además hídrica y energéticamente más insostenible, entonces el problema no era solo técnico. Era también una cuestión de costumbre, de pereza entrenada y de prestigio mal entendido.

Durante demasiado tiempo confundimos comodidad con progreso. Y eso tuvo consecuencias. En 2042 nadie pidió apagar la inteligencia artificial. Sería absurdo. Demasiadas cosas esenciales dependían ya de ella. Lo que se intentó fue algo mucho más difícil: reconstruir el prestigio de pensar, decidir y crear sin recurrir automáticamente a una prótesis algorítmica para cualquier gesto mínimo. No por nostalgia. Sino por supervivencia. Porque una vez que el ciudadano medio entendió que pedirle a una IA una tontería aparentemente inocente formaba parte de una cadena material de extracción, refrigeración, consumo y desequilibrio, la conversación dejó de ser abstracta. Ya no era progreso contra atraso. Era confort contra responsabilidad.

Y ese marco resultó mucho más difícil de gestionar para marcas, plataformas y gobiernos. Porque obligaba a tocar un tabú de la cultura contemporánea: la idea de que todo lo que ahorra tiempo merece automáticamente existir.

Tal vez esa sea la gran ironía de nuestro tiempo. En la era de las máquinas que prometían hacerlo todo por nosotros, lo verdaderamente exclusivo terminó siendo seguir haciendo ciertas cosas por nosotros mismos. Pensar. Escribir. Dudar. Crear. Elegir. Como si, al final, lo más premium del futuro no fuera la inteligencia artificial, sino algo mucho más básico y mucho más escaso: el agua. Y la conciencia de cuándo merece la pena gastarla para que una máquina nos ahorre un esfuerzo que quizá nunca debimos dejar de hacer.

 


Chema Cuesta (Linkedin) es director creativo. Pertenece a la primera generación de profesionales creativos digitales en España, con más de 20 años de experiencia en agencias creativas y de medios. Es un apasionado de las nuevas tecnologías y del branded content. Desde 2017 lidera la comisión de creatividad y formatos en el capítulo español de la BCMA (Asociación de Branded Content), desarrollando la primera guía de contenidos de marca en el mercado: FOCO. Además, su espíritu inquieto y de ir siempre más allá le ha llevado a formarse en e-commerce y negocios. De largo recorrido profesional, ha formado parte del área creativa y estratégica de empresas destacadas en la industria como PHD Spain, Popin, September, Btob, Draft FCB Spain, Publicis Spain, TBWA Spain, McCann Spain o The&Partnership, entre otras.