por Lorraine Gallard
Cada enero hacemos lo mismo: promesas nuevas, objetivos nuevos, powerPoints nuevos... Perdón, canvas nuevos. El ritual no cambia. Solo cambian las herramientas. Y el mismo miedo de siempre. Porque llegar a la cima no es el problema. El problema es decidir qué haces cuando llegas. Hay quien mira hacia abajo y ve el abismo. Hay quien mira alrededor y ve el horizonte.
Hoy, la industria creativa está atrapada entre esas dos miradas. El cambio no es nuevo. La excusa sí. En los últimos veinte años (o algo más) que llevo en esta industria, ella no ha parado de cambiar. No un poco. Todo el tiempo. Del cine al digital; del digital al móvil; del analógico al ordenador; de la televisión a YouTube; de YouTube a TikTok; de la creatividad humana a la inteligencia artificial...
Cada transición ha llegado con la misma promesa y el mismo miedo. Y aun así, seguimos actuando como si el cambio fuese una anomalía. No lo es. Es el sistema.
La nostalgia no paga facturas
Demasiada gente brillante se ha quedado atrás. No por falta de talento, sino por exceso de nostalgia.
“Antes se hacía mejor”, “Esto no es creatividad”, “Esto no es cine”, “Esto no es publicidad”... Puede que tengan razón. Pero tener razón no sirve de nada si el mundo ya se ha movido. Resistirse al cambio no es una postura ética. Es una estrategia de huida. Y casi siempre termina igual: caída libre.
Hoy nada es cien por cien bueno ni cien por cien malo. La inteligencia artificial no es el demonio. Tampoco es la salvación. Como casi todo lo que ha llegado antes. Las redes no son el problema. El problema es cómo y para qué se usan.
“Siempre hay una voz que grita más fuerte. La del algoritmo, la del cliente, la del mercado… la del miedo. Pero hay otra voz más baja, más incómoda pero más honesta. La voz que te pregunta si lo que haces tiene sentido. Si sigue alineado con tus principios”.
Vivimos en un 50-50 constante. En una zona incómoda. Sin definiciones claras. Sin manual de instrucciones. Y, aunque asuste, es exactamente ahí donde siempre ha vive la creatividad. Avanzar no es opcional, porque la única certeza es avanzar: aprender, adaptar, probar, equivocarse, volver a intentar... No como eslogan, sino como necesidad. Porque quedarse quieto ya no es neutral. Es elegir desaparecer lentamente.
Siempre hay una voz que grita más fuerte. La del algoritmo, la del cliente, la del mercado… la del miedo. Pero hay otra voz más baja, más incómoda pero más honesta. La voz que te pregunta si lo que haces tiene sentido. Si sigue alineado con tus principios. Si estás usando las herramientas o si ellas te están usando a ti. Abrazar lo nuevo no significa perder el rumbo. Significa tener uno. Buscar la próxima cima. El próximo horizonte. Aunque no esté claro. Aunque no sea cómodo. Aunque implique desaprender.
Dicen que el cielo está lleno de buenas intenciones pero el verdadero espacio creativo está justo antes de caer. Entre el abismo y el horizonte. Ahí es donde se separan los que se quejan de los que siguen caminando. Porque al final, en esta industria, no sobrevive quien lo ve todo claro, sino quien sigue caminando incluso cuando el horizonte aún no tiene nombre.


Lorraine Gallard (