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SERIE DISTOPIA #9: El valor de ser productivo

Por Chema Cuesta

Madrid, 2043. Nadie recuerda exactamente cuándo ocurrió. No hubo una ley. No hubo una revolución. No hubo una fecha concreta marcada en el calendario. Simplemente pasó. Como pasan las cosas importantes. Poco a poco. Sin hacer ruido.

Durante años nos habían prometido que la inteligencia artificial nos liberaría del trabajo repetitivo. Que nos devolvería el tiempo que perdemos en tareas “sin valor”. Que podríamos dedicarnos a lo verdaderamente importante. Y durante un tiempo pareció que era verdad.

Las máquinas redactaban informes, analizaban datos, diseñaban campañas, componían música personalizada, diagnosticaban enfermedades y gestionaban empresas enteras.

Los economistas celebraban cada avance. Los informes hablaban de una nueva edad de oro de la productividad. Primero fueron cientos de miles de millones. Después billones. Cuando algunas consultoras estimaron que la inteligencia artificial podía aportar más de 4 billones de dólares al año a la economía mundial, nadie pareció preguntarse qué haríamos con todo ese tiempo liberado.

La pregunta era cuánto más podríamos producir. Nunca fue para qué queríamos vivir. La productividad mundial alcanzó niveles nunca vistos. Los gobiernos competían por liderar la carrera. Los medios repetían constantemente las mismas cifras. Un 7% más de crecimiento mundial. Un 15% más de productividad. Millones de horas recuperadas gracias a la automatización.

Durante años, la humanidad había perseguido exactamente eso. Cuando por fin lo consiguió, descubrió que nadie había pensado qué hacer después. Las jornadas laborales se redujeron. Los beneficios empresariales se dispararon. Y, sin embargo, ocurrió algo extraño. La gente empezó a sentirse cada vez más cansada. No físicamente, sino existencialmente.

Porque cuando la productividad se convirtió en la principal medida de valor social, dejamos de preguntarnos quiénes éramos. Y empezamos a preguntarnos cuánto producíamos.

Los algoritmos evaluaban cada minuto del día. Hacer ejercicio era productivo. Aprender era productivo. Meditar era productivo. Incluso descansar era productivo, siempre que mejorara tu rendimiento posterior. Todo tenía que servir para algo. Todo tenía que generar algún tipo de retorno. Todo debía justificarse.

Una tarde cualquiera, una niña de 12 años preguntó a su padre por qué tocaba la guitarra. El hombre se quedó pensando un momento y dijo: “Porque me gusta”. La respuesta provocó una sonrisa incómoda. Era una expresión antigua. Casi arqueológica.

“Madrid, 2043. Nadie recuerda exactamente cuándo ocurrió. No hubo una ley. No hubo una revolución. No hubo una fecha concreta marcada en el calendario. Simplemente pasó. Como pasan las cosas importantes. Poco a poco. Sin hacer ruido”

La niña no entendía lo que hacía su padre. Había crecido en un mundo donde todo tenía una finalidad medible. Si una actividad no mejoraba tus competencias, tus ingresos, tu salud o tu reputación, simplemente no tenía sentido.

El concepto de hacer algo porque sí empezaba a desaparecer. Como desaparecieron un día los videoclubs. O las cabinas telefónicas.

Las universidades cerraron facultades enteras. La filosofía fue absorbida por ciencias cognitivas aplicadas. La literatura pasó a integrarse dentro de modelos narrativos predictivos. La historia se convirtió en una disciplina residual. Los gobiernos no las prohibieron. Simplemente dejaron de financiarlas. No eran rentables. Y nadie discutía esa lógica. Porque la lógica siempre parecía tener razón.

Las empresas comenzaron a comparar el rendimiento humano con el de los algoritmos. Al principio parecía razonable. Después se volvió inevitable. Los sistemas de evaluación mostraban cuánto tardaba una persona en resolver una tarea y cuánto tardaba una inteligencia artificial. Siempre ganaba la máquina. Lo preocupante no era que ganara. Lo preocupante era que cada vez más personas empezaron a creer que debían parecerse a ella.

Las ciudades también cambiaron. Los parques se transformaron en espacios de entrenamiento cognitivo. Los bancos desaparecieron. La gente ya no se sentaba a mirar. Mirar no generaba valor.

Los paseos sin destino fueron sustituidos por rutas optimizadas. Las aplicaciones recomendaban itinerarios diseñados para maximizar el bienestar físico, emocional y profesional simultáneamente. Perder el tiempo empezó a considerarse una anomalía. Una especie de fallo del sistema.

Los expertos celebraban los resultados. La eficiencia global era extraordinaria. Los niveles de producción eran los más altos de la historia. La esperanza de vida seguía aumentando. Los indicadores económicos mostraban una sociedad aparentemente perfecta. Hasta que empezaron a aparecer los primeros síntomas.

Ansiedad, depresión, agotamiento, vacío… No por exceso de trabajo, sino por un exceso de propósito. Todo tenía sentido. Y precisamente ahí estaba el problema.

Los psicólogos empezaron a detectar un fenómeno inesperado. Miles de personas confesaban sentir nostalgia de algo que nunca habían vivido. Echaban de menos perder el tiempo. Aburrirse, mirar por una ventana sin más, leer un libro sin pedirle a la IA que te lo resuma, caminar sin un destino concreto, escuchar música… Entonces apareció un pequeño grupo clandestino en un pequeño pueblo de Cantabria: Mazcuerras.

Eran profesores, músicos, jubilados, escritores, jardineros y algunos antiguos creativos publicitarios. Se reunían una vez por semana. Sin dispositivos. Sin asistentes de inteligencia artificial. Sin grabaciones… Durante horas hacían actividades aparentemente absurdas: pintaban, leían poesía, jugaban a las cartas, observaban las nubes imaginando formas, conversaban sobre la vida con una copa de vino… Nada más.

El movimiento comenzó siendo una rareza. Una excentricidad. Los medios los bautizaron con cierta ironía: Los Inútiles. El nombre terminó gustándoles. Acabaron adoptándolo.

Poco después empezaron a aparecer grupos similares en París, Buenos Aires, Ciudad de México y Tokio. Todos compartían el mismo manifiesto. Un texto de apenas una página. Su primera frase decía: “Reclamamos el derecho a no optimizarnos”. La frase se hizo viral.

Aunque nadie sabía muy bien por qué. Quizá porque tocaba algo profundo. Algo que llevaba años creciendo bajo la superficie. La sospecha de que habíamos confundido vivir mejor con funcionar mejor. Y no son exactamente lo mismo.

Las grandes tecnológicas reaccionaron rápido. Lanzaron plataformas destinadas a fomentar el ocio consciente. Aplicaciones para aburrirse. Programas para desconectar. Experiencias inmersivas de espontaneidad. El mercado hizo lo que siempre hace. Intentó monetizar la rebelión. Pero no funcionó.

El movimiento no buscaba una nueva herramienta. Buscaba recuperar algo más básico. La inutilidad. Esa palabra tan desprestigiada durante décadas. Tan mal entendida. Tan injustamente asociada al fracaso. Porque las cosas más importantes de nuestra vida suelen ser profundamente inútiles.

Un beso no sirve para nada. Una canción no sirve para nada. Una puesta de sol no sirve para nada. Una conversación con un amigo no sirve para nada.

Los viejos economistas del siglo XX se habrían sorprendido. Durante décadas soñaron con liberar a las personas de las tareas repetitivas. Y lo consiguieron. Lo que no previeron fue que una sociedad capaz de producirlo todo acabaría olvidando el valor de las cosas que no producen nada. Y, sin embargo, son precisamente esas cosas las que dan sentido a todo lo demás.

Quizá el error nunca fue construir máquinas extraordinariamente eficientes. Quizá el error fue convertir la eficiencia en el único criterio para medir una vida.

“Poco después empezaron a aparecer grupos similares en París, Buenos Aires, Ciudad de México y Tokio. Todos compartían el mismo manifiesto. Un texto de apenas una página. Su primera frase decía: ‘Reclamamos el derecho a no optimizarnos’. La frase se hizo viral”

En 2043, cuando los algoritmos eran capaces de generar campañas, gestionar empresas y aumentar la productividad mundial como jamás había ocurrido en la historia, una parte de la sociedad empezó a perseguir algo mucho más escaso.

Un banco donde sentarse. Una conversación sin objetivo. Una canción tocada sin motivo. Una tarde perdida. Porque cuando todo se convierte en rendimiento, perder el tiempo se convierte en un acto de resistencia.

Y tal vez la verdadera revolución del futuro no consista en crear una inteligencia artificial más poderosa. Tal vez consista en defender algo infinitamente más humano.

El valor de ser improductivo.

 

 


Chema Cuesta (Linkedin) es director creativo. Pertenece a la primera generación de profesionales creativos digitales en España, con más de 20 años de experiencia en agencias creativas y de medios. Es un apasionado de las nuevas tecnologías y del branded content. Desde 2017 lidera la comisión de creatividad y formatos en el capítulo español de la BCMA (Asociación de Branded Content), desarrollando la primera guía de contenidos de marca en el mercado: FOCO. Además, su espíritu inquieto y de ir siempre más allá le ha llevado a formarse en e-commerce y negocios. De largo recorrido profesional, ha formado parte del área creativa y estratégica de empresas destacadas en la industria como PHD Spain, Popin, September, Btob, Draft FCB Spain, Publicis Spain, TBWA Spain, McCann Spain o The&Partnership, entre otras.