Por Lorraine Gallard
Escuché una frase que me me encantó: “it’s not about fitting in, it’s about fitting out”. No porque proponga rebeldía así sin más, sino porque pone en duda algo que durante años hemos asumido como norma: la necesidad de pertenecer.
De adolescentes queremos encajar. Queremos parecernos a los demás, hablar igual, vestir igual, pensar igual. La pertenencia parece ser una condición para existir.
Curiosamente, cuando llegamos al mundo adulto, y especialmente al mundo profesional, ocurre lo contrario. Nos dicen que debemos destacar. Ser diferentes. Tener una voz propia. Construir algo único.
Pero incluso ahí aparece otra contradicción: debemos destacar… siempre que no nos salgamos demasiado del molde.
Es una ecuación curiosa. Sé único, pero no demasiado. Sé disruptivo, pero no incomodes. Sé creativo, pero dentro de lo razonable.
En la publicidad esto se vuelve aún más evidente. Celebramos la originalidad, pero muchas veces desconfiamos de lo que realmente se sale del camino esperado. Se habla mucho de innovación, pero poco de los procesos personales que la hacen posible.
Y en medio de todo eso aparece otra pregunta incómoda: ¿qué es exactamente lo que estamos persiguiendo?
Dinero. Reconocimiento. Un mejor título en LinkedIn. Un proyecto más grande.
Pero cuando alcanzas esas cosas, descubres algo que no siempre se dice en voz alta: ninguna de ellas garantiza la felicidad.
Más no significa necesariamente mejor.
Un cargo más alto no significa necesariamente más sentido.
De hecho, a veces lo único que trae un cargo más alto son más reuniones.
Con los años, esa tal de experiencia, una empieza a entender que el valor no está en el destino si no en el recorrido. En cómo avanzas, en qué aprendes, en cómo interpretas el mundo mientras lo atraviesas, tu conexión con el hoy y el ahora.
Y ahí aparece algo que rara vez discutimos abiertamente en la carrera y desarrollo profesional de cada uno: la necesidad de apoyo.
A los deportistas de élite se acepta eso muy bien. Ningún atleta olímpico llega solo. Detrás de cada corredor, nadador o tenista hay entrenadores, fisioterapeutas, psicólogos deportivos, analistas. Personas que ayudan a ver lo que uno mismo no puede ver.
Esta idea la escuché en una charla TED de Atul Gawande, que es cirujano y escritor, donde habla precisamente de por qué incluso los profesionales más experimentados necesitan a alguien que observe, cuestione y acompañe su proceso.
Entonces surge una pregunta curiosa.
Si quienes compiten al máximo nivel saben que necesitan guía externa, ¿por qué en el mundo empresarial, y particularmente en la industria creativa, seguimos creyendo que tenemos que resolverlo todo solos?
Tal vez sea ego. Tal vez sea miedo. Tal vez sea esa idea romántica de que el talento verdadero tiene una visión única. O quizá también sea una cierta obsesión por proteger lo que hacemos.
En publicidad hablamos mucho de creatividad, pero también hablamos mucho de propiedad. La idea es mía. El concepto es mío. El proyecto es mío.
Y así vamos acumulando pequeñas fortalezas alrededor de lo que creemos que sabemos.
Es curioso, porque en paralelo estamos dispuestos a preguntarle absolutamente todo a la inteligencia artificial. Estrategias, textos, campañas, hasta titulares.
Pero pedirle perspectiva a otra persona con experiencia real en la industria todavía parece, para algunos, una señal de debilidad.
Cuando en realidad, creo que ocurre exactamente lo contrario.
Todos tenemos puntos ciegos. Todos necesitamos, en algún momento, alguien que nos ayude a ordenar el ruido, a cuestionar nuestras certezas, a poner palabras a lo que sentimos pero todavía no sabemos explicar.
No necesariamente alguien que nos diga qué hacer. Sino alguien que nos ayude a ver.
Y esto se vuelve especialmente relevante cuando uno tiene un perfil que no encaja fácilmente en una sola etiqueta.
Durante años he trabajado en espacios donde las fronteras entre disciplinas son difusas: tecnología, creatividad, producción, estrategia, storytelling. Ese cruce constante de lenguajes a veces genera una ventaja, permite ver conexiones que otros no ven, pero también puede generar una sensación extraña de no pertenecer del todo a ningún sitio.
No eres completamente esto. Tampoco completamente aquello.
Durante mucho tiempo pensé que eso era una debilidad. Que quizás habría sido más fácil especializarse, elegir una sola identidad profesional, un único territorio claro.
Con el tiempo entendí que la multidisciplinariedad no es una falta de definición. Es otra forma de mirada.
Quienes cruzan disciplinas desarrollan algo muy valioso: la capacidad de percibir patrones. De traducir ideas entre mundos distintos. De entender que las soluciones interesantes rara vez nacen en un solo campo.
Pero también implica navegar una pregunta constante: ¿dónde encajo?
Y quizá la respuesta no sea encajar.
Quizá la respuesta sea construir espacios donde esa mezcla tenga sentido. Donde esa mirada híbrida no sea vista como confusión, sino como perspectiva.
Porque al final, pertenecer no siempre significa parecerse. A veces significa ser visto tal como uno es.
Y ahí volvemos al inicio.
En cualquier recorrido, creativo, profesional o personal, hay momentos en los que uno necesita una conversación honesta. Otra mirada. Alguien que ayude a ordenar lo que está pasando.
No porque falte talento. No porque falte capacidad.
Sino porque incluso quienes corren más rápido saben que nadie llega lejos solo. Y tal vez esa sea una de las verdades menos glamorosas, pero más útiles, del desarrollo profesional: no se trata solo de avanzar…
Se trata también de quién te ayuda a ver el camino mientras avanzas.
Lorraine Gallard (Linkedin) es senior creative producer, labor que compagina con el ejercicio de consultoria y coach creativo desde hace más de seis años y con labores de formación en centros como la Barcelona School of Creativity, la Universitat Abat Oliva CEU o la FX Barcelona Film School, entre otros. De larga experiencia dentro del mundo publicitatio, en etapas anteriores ha trabajado en empresas del sector como 14, La Liga Studios, David o Mamma Team.
